Capítulo 4

Alicia se encontraba confundida y estaba tan frágil que el hecho de pensar en eso le provocaba inmensas ganas de llorar, llorar desesperadamente, casi a veces, sin justificación alguna, sólo quería saciar ese dolor acumulado en el pecho, pero quería guardar ese dolor sola y no dejarlo en brazos de otra persona, ni que nadie la compadeciera. Así era ella, orgullosa, jamás demostraría algo que estuviese pensando; y si quería llorar, entonces reía ante los demás, pero momentos después dejaba en su almohada el rastro.

Unos días después, aproximadas las once de la noche, estaba ella durmiendo, cuando papá llegó a la casa, él se sentó a hablar con mamá y entonces Alicia pensó, que era el mejor momento, para de una vez decirle, que quería ir a Escocia, que si no diría estaba aburrida con su vida de ahora, argumentaría la buena educación de países como ése, mucho mejor, que en el que vivía, y fue a enfrentarse con la pijama.

- Hola papi, ¿cómo te fue? - se dieron un beso
- Bien princesa, vengo realmente agotado, le estaba contando a tu mamá, que hoy tuve el trabajo de varios días en uno, porque en el Hospital, hay un daño en el sistema informático, entonces a mí y a Rosita nos tocó pesado para poder conseguirles a todos la información que querían, las historias clínicas y todo eso, estamos que organizamos de nuevo los archivos.-
- ¿No te subirán de cargo un día de éstos? – dijo Alicia tratando de entrar en el ambiente
- Eso espero – Suspiró papá.
- ¿Quieres café Alicia? –
- Sí mami… es que… yo quería decirte ya papá, para que mañana puedas hablar con Pedro. Dile que sí quiero ir a Escocia, que me parece una gran oportunidad, que lo único que me entristece es dejar a mi familia, pero que puede hacer los trámites desde ahora. Y entonces empezaré a prepararme en ¿escocés?, bueno al menos en el inglés.
- Me parece muy bien hija, no sabes, no te imaginas lo bien que te irá, estoy muy alegre de tu decisión – Sonreía Don Alberto

Todos sonreían. Pero sin que lo notara ninguno, había muchos sentimientos confundidos en sus corazones. Doña Julia sentía una tristeza inmensa, al encontrarse con que su flor un día de éstos se iría y quizá no volvería dentro de mucho tiempo, quizá su pequeñita encontraría un nuevo hogar allá muy lejos y formase una nueva familia; y ya nunca más volvería a darle besitos en su frente, como lo hacía siempre que ella estaba dormida.

Es una condición de la vida, pensaba. Hacer lo mejor que puedas, para que tus hijos sean más felices.
Pero es un concepto mal explicado. No podemos tratar de dar de lo que no tenemos; y así Doña Julia no quisiera, siempre transmitiría ese dolor a Alicia, pues ella no pudo ser más feliz que su hija; y aún amándola con todas las fuerzas de su alma y deseando que ella fuera mil veces Julia, con muchas más oportunidades, le dolía demasiado que ahora estuviera tan cerca el momento de abrirle el camino. Alicia lo percibía, pero era mejor dejar todo así. La felicidad, era ahora una espada filosa y enemiga, sólo la podía obtener con dolor.

Era así, y ambas encontraron en el silencio su alivio, Julia no podría ayudarle a la oruga a abrir su capullo, pues así jamás volaría. Pero tampoco podría acunarla y acostumbrarla a ser sólo un capullo, una idea.

- Mamá, te amo, te quiero como no he querido a nadie, ni voy a querer nunca a nadie más que a ti… – dijo tímidamente Alicia, al día siguiente cuando estaba mamá cociendo y Alicia estudiando. Lo dijo penosa, porque esas cosas aunque se sientan con fervor, son difíciles de hablarlas; y Alicia aunque ya una niña más abierta y diferente, lo dijo rápido.
- Yo… Tú no te imaginas, yo también princesa, te quiero –
Hubo un largo silencio, sólo se sentían, mirlos cantando.
- ¿Has visto, a David, el amigo de Santi?
- Pues claro – miró de reojo a la niña – Me parece que es un muchacho serio. –
- Sí, es muy especial –
- Especial ahhh, ¿en qué sentido, te parece simpático o… guapo? –
- Es simplemente, diferente, aunque admito que físicamente, bueno, es lindo. No puedo creer que te esté diciendo esto, madre, no vayas a creer que me gusta, es que sólo vi que era muy especial. Pero ya se lo malo que es contarle esto a alguien, si él vuelve a venir vas a mirarme cada vez que yo quiera hablarle, me estigmatizaras, como si estuviese enamorada de él. –
- Nooo, claro que no, no lo haría jamás. No te preocupes, te entiendo absolutamente. –
- Gracias, entonces. –
- Pero eso sí, no comentes cosas como éstas con Santiago, él si no podría entenderte –
- Eso lo sé hace mucho, el no se enterará jamás por mi boca. Bueno, igual, es que es una bobada, no es nada, pero, tienes razón, yo nunca le comentaría de esto sobretodo por esa lengüita que tiene. –
- Él no lo hace con intención de herirte, hija, es sólo tu hermano mayor. –
- Eso no le da ningún derecho, los únicos que tienen derecho acá son papá y tú. Y yo sé, que él sólo lo hace porque yo me sienta mal –
- Pues entonces, Santiago ha logrado su objetivo, mira como estás hablando ahora –
- Lo siento, debería no pensar en eso, pero el me está hiriendo constantemente. Y lo peor, es que las cosas que le dijo para que me entienda, son efímeras en él. Toma todo a la ligera. –
- Eso es mejor a sufrir. –
- En parte. –
- No te preocupes, ustedes deben quererse, él te quiere… Cuando tú naciste y él tenía unos 4 años, sabes… me dijo que eras el bebé más hermoso que había visto; y que dejara que él te cuidara. Y después cuando ya podías comer bien, él se acercaba a ti y te daba dulces; y si tu llorabas, él también sufría mucho; y se acercaba y me decía que tu necesitabas cualquier cosa que se le ocurriera. Eso me encantaba, pero yo no quiero que se dañe ahorita que están grandes, eso fue muy hermoso.
- ¿De verdad, mamá? –
- Totalmente…-
- Yo lo quiero a él. ¡Ojalá no me busque!
- Alicia, ve a la tienda, necesito que compres algo –
- Ya –
- Noo, tienes que ir rápido, está ya tarde –
- Ay mamá, por favor, no me hagas parar –
- Por favor, tú no me hagas enfurecer –
- Iba bien la conversación –
- Vé rápido hijita –
- Espera, ahí voy –